Literatura
Actualizado el 31 de Diciembre de 1969


MICROCOSMOS


El escritor Pablo Altare y la cuarta entrega del espacio literario de ARN.

Finalmente, esta noche obtuve la confirmación de lo que venía sospechando: la realidad es un montaje, para nada infalible. Tal como lo digo, la incesante, misteriosa realidad que nos aprisiona y de la que no podemos librarnos ni por imaginación, se distrajo y algo falló. Lo lamentable es que sucedió cuando me encontraba solo y de un modo que sólo yo podía comprender.
Como en todos estos días posteriores a la ruptura, regresé bien entrada la noche a la ya dormida casa paterna, cargando los portafolios que siempre me acompañan al laboratorio. Después de asomarme a la heladera y al horno de la cocina y comprobar que no había comida para mí, marché a mi habitación, a la querida habitación de mi adolescencia. Antes de acostarme quise dejar lista la ropa para mañana, según mi costumbre (lo que pasó ha desbaratado mi vida; pero no pudo con mis hábitos, que siguen idénticos; sólo se han trasladado de una casa a otra). Pensé en la corbata gris que me gusta combinar con la camisa blanca y el pantalón negro. Abrí el achacoso ropero que ahora mi padre comparte conmigo y aparté un par de perchas. La corbata quedó frente a mis ojos, pero la mano que extendí para alcanzarla se paralizó en el ademán por un pánico repentino. Un terrible chispazo de lucidez en mi memoria me permitió recordar que la corbata que tenía frente a mí era la corbata que llevaba puesta. Absurdo silencio nocturno. Súbita desesperación aumentando mi soledad, si es que eso era posible. El vértigo de mi conciencia centelleante que gestaba mil ideas por segundo. Entendí que la realidad misma que mantiene todo a nuestro alrededor ordenado y en su lugar, olvidó de alguna manera que yo llevaba la corbata puesta y la ubicó en la percha en la que debía estar. Un mecanismo había fallado, evidentemente. No hubo ninguna otra señal que acompañase a esa revelación portentosa, a esa innegable prueba de un descuido en la trama del universo.
Lo curioso es que me sentía preparado para un descubrimiento tan singular. Tal vez por eso pude entender todo en pocos instantes. Veinte días atrás casi sucede el mismo extraordinario hallazgo. La escena tuvo varios puntos en común con la de esta noche. Por un olvido tuve que volver del trabajo a mi casa (la otra casa) en plena siesta. Abrí muy despacio la puerta de la habitación y vi primero la cuna del niño y luego a mi mujer en la cama, dormida. Pero cuando entré también me vi a mí mismo en la cama, tendido boca abajo. Mi mujer escuchó mi asombro y gritó al verme parado a los pies de la cama. Tal era mi ingenuidad, tal mi confianza, que pensé lo mismo que hace unos momentos al encontrar colgada en una percha la corbata que traía puesta: pensé que la realidad no estaba funcionando bien, que alguno de los resortes invisibles que regulan las cosas se había estropeado y que el mundo ya no era el mismo. Supuse también que mi mujer había gritado porque notó lo mismo, que yo estaba extrañamente repetido a causa de una desconcertante desviación de las leyes naturales. Pero después me levanté de la cama, quiero decir, me vi levantarme de la cama, y no era yo, era alguien que acostado se me parecía mucho. Lo que sucedió después no tiene, digámoslo así, relevancia científica. Mi vida se arruinó y fui humillado, sin que las inmutables leyes del mundo físico fueran alteradas. Hasta esta noche.
Lamento no poder compartir con nadie mi descubrimiento. Sé que a nadie convencerá la evidencia de las dos corbatas que son una y que muchos dirán (tal vez mi padre entre ellos) que la corbata que vi colgada era otra igual a la mía. Tampoco faltarán los que sentencien con una sonrisa torcida que los objetos imprevistos o mal ubicados sólo son concebibles en una película mal filmada o en una historia mal contada. Podría replicarles que la realidad es casi lo mismo que una película mal filmada, que una historia mal contada. Pero sería ocioso de mi parte hacerlo (además, dudo de que otro ser humano, sin haber tenido la experiencia, pueda con el concepto de antimilagro: algo que sucede por defecto de las leyes naturales). Ahora habito en el plano superior de los que han recibido una revelación.
Mis conclusiones preliminares son estas: el universo que habitamos, la realidad agobiante, todo, en definitiva, es un producto de creación humana. Al indagar el error en el funcionamiento del universo que me tocó presenciar, sólo puedo decir que tiene la inconfundible impronta de los errores humanos. El mundo de los hombres es creación de un hombre, o tal vez de muchos. La metáfora por la que Leibniz se refirió a Dios como el Ingeniero Cósmico no es tal: nuestro creador debe ser un científico aséptico, parecido a mí, que a veces descuida su máquina y quedan en evidencia la estupidez y torpeza propias de nuestra especie. De ahí y solamente de ahí provienen los males del mundo. De modo que todo no es más que un experimento sobre los hombres. El mundo es un gran laberinto para ratas. Por algo el universo parece haber sido hecho intencionalmente para burlar la mente humana. Nuestro creador se divierte con nuestra búsqueda de verdades últimas como el que pone sobre un burro un palo con una cuerda de la que pende una zanahoria, y lo deja andar. Eso somos: burros en pos de zanahorias a veces físicas, a veces metafísicas.
Es claro que mi vida no puede continuar igual. Creo haber dado con la forma de sustraerme del gran experimento cósmico, de evitar los dientes de los engranajes con que la máquina nos mastica. Se trata de imitar tratando de mejorar lo que se imita. Remedar el universo para perfeccionarlo y burlar así al artífice que tanto tiempo nos ha burlado. Me serviré de algún terreno apartado, perdido tal vez en la llanura patagónica. Emplearé un solo hombre. Por comodidad (sólo por eso) escogeré a mi hijo, el recién nacido, cuya memoria todavía está limpia. Le enseñaré las palabras en la medida que le permitan aprender después el más perfecto lenguaje de los números (las palabras pueden ser muy crueles, herir horriblemente). Estará bien protegido. No conocerá a nadie más que a mí, su creador, y así preservaré mi universo de la traición, los insultos y la mujer. Será un Adán más agradecido con su creador, sin necesidad de ninguna compañera. Llegado el momento, sabré hacer lo que todo creador debiera precaverse de hacer, esto es, evitar que su creación lo sobreviva, para simplificación del mundo de los que queden.

Sobre el autor: Pablo Altare es Profesor de lengua y literatura. A temprana edad edito en forma independiente el libro  “La isla y el naufrago”. Forma parte del Grupo literario “Ale Caterva” donde participo del libro colectivo “Viaje” (2013).En el año 2013 se consagró ganador del premio vendimia en la categoría cuento con “Las hijas de la memoria”, libro que aun espera su publicación. 

Nota de la redacción: Quienes deseen publicar en este espacio se tienen que comunicar fuertesarndiario@gmail.com


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