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Actualizado el Viernes 11 de Noviembre de 2016


Camino al Bicentenario de la Ciudad de General San Martín. 3ra. Parte


La tercera parte del relato del sanmartiniano Ricardo Enrique Falanga Herrera nos relata el ofrecimiento del ilustre vecino para delinear el plano de lo que luego sería la Ciudad de Gral. San Martín.

SOY SU ADMIRADOR (3)

Los cuyanos lo recibieron como un vecino más, le demostraron afecto, le entregaron sus vidas, sus hijos, sus esclavos, sus ropas, sus joyas, sus abrigos, sus animales… y en junio de 1823 los de Mendoza hasta le pusieron a una villa nueva su apellido como nombre. Y él, que residía a pocos metros de esa población, se ofreció para delinear su debido plano, momento en el que escribió: “Quiera el destino que a cada momento se me proporcionen ocasiones de manifestar a este honrado pueblo mi eterna gratitud”.

Es por demás sabido que su deseo de quedarse en su chacra de Mendoza no se concretó, ya que los de Buenos Aires lo tenían cercado. Tuvo que alejarse, con la esperanza de regresar alguna vez con su hija debidamente educada.

Pero lo que de verdad me impresionó fue lo ocurrido cuando su intento de regresar en 1829. Buenos Aires se le entregaba en bandeja, y él no quiso aceptar el gobierno de esa ciudad, que era equivalente al de todo el país. No quiso verse usado, ni verse obligado a hacer desaparecer a los del partido contrario.

“Grande fue cuando el sol lo alumbraba, y más grande en la puesta del sol”. Estas palabras del himno a San Martín no pueden ser más ciertas, teniendo presente esos hechos.
¡Ay, si al menos los argentinos hubieran pensado como él, cuando dijo que su sable no iba a salir de la vaina por opiniones políticas!
Al reparar en las llamativas circunstancias del momento de su fallecimiento, no me cabe duda de que aquél era un espíritu superior, por lo cual para Dios este militar argentino no fue un soldado más al que le llegaba su final. De hecho, unas horas después, aquel sábado se descargó un fuerte aguacero de verano sobre la calurosa Boulogne sur Mer, y antes del amanecer los asistentes al velatorio descubrieron que los mecanismos de dos relojes de la casa se habían detenido a las 3 de la mañana, es decir, a 12 horas exactas de la muerte.
¡Pero qué asombrosa coincidencia, siendo que a las 3 de la tarde había muerto Jesús en la cruz!

Por Ricardo Enrique Falanga Herrera.

Imagen: Estatua de San Martín en Lima, y bando sobre los esclavos.


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