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Actualizado el Domingo 15 de Agosto de 2021


La foto no descubre nada, la foto sólo pone en evidencia la realidad


En nuestro país somos todos iguales, pero algunos son muchisiiiimos más iguales que el resto, es lo que el periodista Osvaldo Bazán, analizando diferentes temas deja a la luz las injusticias de lo cotidiano.

¡Ay, pobres criadas engañadas por el patrón que las dejó embarazadas prometiéndoles que las iban a llevar al altar y hoy las obligan al aborto o las esconden en el monte!

¡Ay, pobres esperanzadas en el aliade que venía a terminar con el patriarcado machirulo de la derecha neoliberal!

¡Ay, desengañados varios que anunciaban el regreso de la racionalidad del peronismo; la solidaridad del poder con los más humildes; la bicicleta que una abuela pagó para que Evita se la regalara a otra abuela; el liderazgo del Pocho!

¡Ay, desencantados niños que descorriendo un poquito la corona de los reyes magos encontraron el rostro con ojos vacíos de vida de la pareja de Fabiola, quedándose con los mejores juguetes!

“¡El rey está desnudo!” gritaban el viernes muchos de los que se pasaron dos años alabando las pilchas brillosas del monarca y apostrofando, en algunos casos hasta violentamente a quienes señalaban que ahí había una desnudez.

“¿Cómo llegamos hasta acá?”, se inflamaron públicamente esta semana muchos que empujaron sin vergüenza para llegar hasta acá.

¿Qué hacemos ahora con los que necesitaron la foto de la frivolidad en medio de los muertos para recién admitir que la pareja de Fabiola no era esa mezcla de Gandhi, Spinetta y Roosevelt con el New Deal bajo el brazo que pronosticaron?

Hay de todo.

Lo bueno es que la peste funcionó como perfecta electrólisis separando elementos que estaban escandalosamente mixturados.

La peste, su penetración en cada uno de los aspectos de nuestras vidas, vino a separar en blanco y en negro los que sí y los que no.

No es la grieta.

Es la desinfección.

Aunque quizás sea difícil verlo ahora, no son estos malos tiempos.

Ahora es que todo comienza, ahora es que todo se acomoda.

La electrólisis de la peste está siendo despiadada; es un ácido muriático en la careta de los hipócritas.

Como dice el 'Chiquito Vení' a cargo de la administración de la provincia de Buenos Aires: “Se nota mucho”.

Y cada cual a su lugar.

Acá, los periodistas que mintieron sabiendo que mentían pero que veían secas las arcas de pauta oficial por la terquedad del gobierno anterior de no regar ciertas macetas de plantas carnívoras.

Acá, los analistas que hicieron como que creyeron mientras atrapaban en el aire los cheques jugosos de asesorías varias.

Acá, los opositores que te quisieron hacer creer que estaban de tu lado pero que entre vos y la corporación, terminan eligiendo a la corporación.

Acá, los medios tan Independientes, o tan Racing, o tan River, o tan Boca, siempre dependiendo de cómo vaya el campeonato.

Acá, los empresarios horrorizados de que por un simple pago habitual de soborno en bolsos voladores con destino al sur del sur, como se hizo toda la vida, los metiesen en cana.

Acá, los organismos de derechos humanos que incendiaron el país por Maldonado y miraron para otro lado con todos los muertos producidos por la cuarentena (no la pandemia, la cuarentena).

Acá, los empresarios que se frotaban las manos con los sobreprecios que se desprenden de cada paquete de fideos con gorgojos que la solidaridad peronista le cede a los pobres, siempre ante fotógrafo y aplauso de los más miserables entre los miserables.

Acá, los intelectuales que se soñaban mejores que el resto, y que, parados en el pony de su ego inconmensurable, señalaban con deditos impotentes lo que decretaban como yerro, maldad o burradas de los simples mortales.

Acá, los artistas insensibles, sin empatía con aquellos que osaron pensaron distinto.

Acá, los asesores infectólogos que erigieron sus propios monumentos hasta que descubrimos que la base de esas estatuas eran un barro de curros cruzados y vanidades desmesuradas.

Acá, las sororas selectivas de pañuelo verde, más verde militar que verde esperanza.

Acá, el ministro de salud que se representaba a sí mismo en los manuales de historia como el sanitarista del siglo.

Acá, los solidarios del Circo del Frío, que recorrían la ciudad contando muertos de hambre y que, mágicamente, viven en un clima de cálido caribe desde que el peronismo es gobierno.

Acá, la caritativa iglesia oficial que veía inmoral el hambre hasta diciembre del ’19 y que ahora ha cambiado de preocupaciones.

Acá los que fueron perdonando todas y cada una de las trapisondas de la murga de la Rosada.

Ya está, chicos, no hace falta más esfuerzo.

Ya todos sabemos que todos sabemos.

Y no es desde que se publicó la foto.

Ya sabíamos desde antes.

Desde mucho antes.

No es que precisaban de la foto para darse cuenta.

La foto a un tiempo los acorraló y les abrió una puerta de salida.

Pueden poner cara de meme de Paenza y “recién me entero” pero no nos den el penoso espectáculo de verlos rasgarse las vestiduras.

Ya sabíamos que ustedes también sabían.

El miedo que inculcaron en el país desde marzo del 2020 ha dejado una marca en cada uno, sólo que ahora sabemos que ese miedo que nos coartó libertades y nos hizo no poder velar a nuestros muertos siquiera, era más una orden de subordinación para nosotros que una realidad científica.

Bozal, más que barbijo.

¿Notaron que no aparece el miedo en la foto?

Si salíamos matábamos a nuestros abuelos, nos decían.

Pero ni Carolina Marafioti, ni Sofía Pacchi, ni Florencia Fernández Peruilh, ni Santiago Basavilbaso, ni Emanuel López, ni Fernando Consagra, ni Rocío Fernández Peruilh, ni Federico Abraham, ni Stefanía Domínguez y mucho menos Fabiola y su pareja parecen preocupados por virus alguno.

Se los ve en la foto inmunes e impunes.

Ellos no tenían miedo.

El miedo nos paralizó a nosotros, sin embargo a ellos, que lo desparramaban en redes sociales increpando a cualquiera que manifestara el mínimo atisbo de libertad, no les hizo nada.

El encargado de la administración del país usó ese miedo para empujarnos a unos contra otros; creó millones de militantes de la delación. Consiguió que vecinos desaprensivos increparan a los gritos desde sus balcones a padres desesperados que salían a dar una vuelta a la manzana con sus hijos que sufrían espectro autista después de meses de encierro. Creó culpa en hijos que saludaban desde lejos a sus padres.

Destruyó relaciones, libertades, negocios, salud, educación, amores.

Destruyó al país y a su gente.

Generó cancerberos de libertades ajenas: la pareja de Corcho Rodríguez burlándose de un periodista que investigó los chanchullos poco elegantes de su marido porque quería ver a su sobrina recién nacida; Crónica TV crucificando a un surfer que volvía a su casa con permiso de circulación; la actricita que sacaba fotos horrorizada porque una persona tomaba un café en una panadería; los matones de Twitter calificando de “terraplanista” y “anticuarentena” a todo aquel que sólo preguntaba si no había una salida menos traumática; cazadores de runners, de varados, de desesperados.

Al video de la pareja de Fabiola empujando al viejito en un bar, que tanto se le extravió a los canales, ustedes lo habían visto.

A Ishi diciendo que traficaban falopa en las ambulancias municipales, ustedes lo habían escuchado.

A cada una de las publinotas de Télam glorificando a Fabiola como la nueva Evita ustedes las habían leído.

A la tapa de Noticias de Súper Alberto, ustedes la recortaron y le hicieron un cuadrito.

A la tapa de Noticias con Fabiola como “La Evita Millennial” no sé dónde se la guardarán ahora.

A Gildo Insfrán ustedes también lo vieron. Es más, hace decenas de años que lo vienen viendo. Y, o lo aplauden o lo esconden. Nunca hablan de Gildo Insfrán. Ni de Gerardo Zamora de Santiago del Estero. Ni de los Rodríguez Saá. Y ahora se muestran sorprendidos de que haya unos tipos que se creen con más privilegios que los demás. ¡Vamos, que todos sabemos que estos tipos son así!

Gildo Insfrán, Gerardo Zamora y Alberto Rodríguez Saá

Y que ustedes lo sabían.

A las chicas embarazadas escapando en el monte formoseño, todos las vimos.

De los vacunatorios históricos de la provincia de Buenos Aires que no se usaron porque metieron a pibes de La Cámpora a meter pichicatas a sus amigos en sedes de Suteba, a cambio de algunos miles de pesos, ustedes también se enteraron.

A Purita la vieron. Y supieron por qué estaba vacunada. Y quién la vacunó.

La foto de reunión familiar de Fabiola y su pareja con Moyano y los suyos es de agosto del año pasado. ¿Por qué no fue un escándalo, si nadie podía juntarse?

Cuando la pareja de Fabiola dijo que saltearse la fila para vacunarse no era delito ¿cómo se taparon los oídos para no escuchar?

Los padres de Filomena Vizzotti vacunados privilegiados, como toda la estirpe Massa, vacunados privilegiados. Si hicieron eso a vista y paciencia de todos nosotros ¿qué es tan novedoso en la foto?

Todo, todo eso, ya estaba en la foto antes de que la hubiéramos visto.

Al velorio de Maradona lo perdonaron porque era “el sentimiento del pueblo”, un sentimiento que no se respetó en todos y cada uno de los velorios que no pudimos hacer por los 110.000 argentinos que no están más.

Cuando una funcionaria menor, muy menor, como Anatoly Nicolini le escribe a un burócrata ruso para decirle “loco, hacemos todo lo posible pero no podemos más defender tu proyecto” y le pide alguna buena noticia para que la pareja de Fabiola le dé a la gente el 9 de julio -no para cuidar la salud de los argentinos sino para que el administrador se limpie un poco-, la foto estaba anunciada.

Son eso, privilegio y jueguito para la tribuna.

La foto no descubre nada.

Ya estaba todo ahí.

¿El machismo conservador de la pareja de Fabiola que no dudó en tirar a su pareja abajo del tren, de la manera más canallesca, asombra? ¿En serio?

¿Asombra la frivolidad de Fabiola? ¿En serio? Ups, pero cuando el país llegaba a la tristísima cifra de 100.000 fallecidos vimos en Instragram su festejo cumpleañero berreta con un ramo de flores que costaba como dos jubilaciones mínimas; como una María Antonieta de las Pampas. Por suerte nadie recuerda cómo terminó aquella historia de tortas y panes justo, ironías de la historia, un 14 de julio.

Ya está.

Hay cosas que no se pueden volver a debatir.

Habrá qué ver cómo sigue adelante un país cuando su máximo administrador perdió absolutamente el valor de su palabra.

Se junta el que dicen que “Presidente” con autoridades de otros países ¿le van a creer?

- 'Sí, Xi Jinping, créame, vamos a hacer juntos ese negocio'.

- '¿Esto es verdad o es como cuando juraste por tu hijo que no hubo reuniones sociales en Olivos durante la cuarentena?', le puede contestar el Presidente de la República Popular China

Cuando nos diga: 'Argentinos, se viene la tercera ola, es necesario otra vez que respeten el DNU que firmé y se queden en sus casas' ¿Les vamos a creer?

¿Y si explota la economía después de las elecciones? ¿Quién va a ser responsable? ¿Fabiola, también?

Violó un DNU que él mismo firmó y nos quiere conformar con que fue un error. Bueno, no. Nos viene refregando su trabajo como profesor de derecho en la UBA, una UBA que cumple 200 años con un montón de medallas en el pecho y unas cuántas manchas, como ésta.

Lo de él no fue un error.

Fue un delito.

No vale ahora decir “bueno, entonces levanten ya todas las sanciones a los cerca de 30.000 argentinos que hoy tienen problemas legales por haber incumplido el DNU”. Sería una amnistía a todos sólo porque él no pudo cumplirlo. Sería auspiciar que nunca nadie cumpla una regla en este bendito país.

Claro, tampoco le va a ser fácil hacerla cumplir si él la evade.

No, ni a Luis Espinoza, ni a Mauro Ledesma, ni a Magalí Morales, ni a Franco Maranguello, ni a Valentino Correa, ni a Facundo Astudillo Castro se le puede levantar la pena que recibieron por el mismo error que la pareja de Fabiola.

Están muertos.

Así que, siendo que no es un error, cualquiera que crea que alcanza con un “uy, mi esposa se mandó una cagada, disculpá, no va a volver a ocurrir” es, también, alguien que está del otro lado.

El delito cometido por el padre de Dylan (a propósito, para la próxima, cuando tenga que separar a dos perros que se pelean, no hace falta llamar a tres veterinarios en medio de una cuarentena: con un buen chorro de agua fría salido de una manguera, alcanza) el delito, decía, cometido por el padre de Dylan está claramente tipificado en el código penal.

Habrá que repetirlo, por las dudas.

  • Artículo 205. - Será reprimido con prisión de seis meses a dos años, el que violare las medidas adoptadas por las autoridades competentes, para impedir la introducción o propagación de una epidemia.
  • Artículo 207. - En el caso de condenación por un delito previsto en este Capítulo, el culpable, si fuere funcionario público o ejerciere alguna profesión o arte, sufrirá, además, inhabilitación especial por doble tiempo del de la condena. Si la pena impuesta fuere la de multa, la inhabilitación especial durará de un mes a un año.

Si se cumple la ley, la pareja de Fabiola, Fabiola y su séquito de hueros asesores pagados con el IVA de los fideos, tienen que terminar presos.

Ya no hay que determinar si delinquieron.

La pareja de Fabiola admitió que cometió el delito que tiene esa pena que él mismo estableció.

A llorar, a la llorería.

No es grieta.

Es desinfección.

Recién cuando estemos sanos vamos a empezar a construir.

Es lo que está pasando ahora.

Por Osvaldo Bazan @osvaldobazan para Diario El Sol

 


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